LA RUBIA DE LA BICI.
La plaza:
Es de forma rectangular. Amplia, muy amplia. Se abre en calles por las esquinas. El suelo de adoquines necesita una restauración, ya no hay cemento en la mayoría de las juntas, lo que hace que se produzcan muchas caídas y accidentes, en algunos sitios hasta los adoquines han desaparecido y se forman agujeros en los que se acumula el agua de la lluvia cuando llueve, y la porquería, cuando no. Es tranquila, quieta, solo de vez en cuando pasa un coche.
En el centro hay una gran fuente de piedra arenosa, redonda, baja como un estanque, el agua mana de un solo chorro que sale de una tubería vieja y oxidada. En el fondo descansan algunas monedas de poco valor. La fuente no está ahora a la vista, la están restaurando, es una fuente romana, importante. Unos paneles de aluminio cierran la zona de obras. Es una pena, lo que se ve es muy feo.
En el centro hay una gran fuente de piedra arenosa, redonda, baja como un estanque, el agua mana de un solo chorro que sale de una tubería vieja y oxidada. En el fondo descansan algunas monedas de poco valor. La fuente no está ahora a la vista, la están restaurando, es una fuente romana, importante. Unos paneles de aluminio cierran la zona de obras. Es una pena, lo que se ve es muy feo.
Entre esquina y esquina, casas vetustas se apoyan unas en otras. Todas tienen pórticos de fuertes vigas de madera que forman una galería que rodea toda la plaza, salvo en el lado de la Iglesia, allí no hay pórticos ni casas, solo Iglesia y campanario con su reloj y sus campanas que dan puntualmente la hora. Las casas parecen de cuento, no son muy altas, lo máximo que se ve es alguna de cuatro pisos que destaca sobre el resto, la mayoría tiene tres plantas y se coronan por tejados a dos aguas de tejas húmedas llenas de verdina. Las ventanas son de madera, los balcones de hierro humilde, sin florituras, sencillos. Las fachadas de colores desvaído contrastan con la galería que es fresca, llena de helechos y otras plantas verdes que hacen que pasear por ella sea un auténtico placer. Nadie pasea por la galería. Nadie pasea por la plaza.
La Iglesia se yergue firme y sólida cara a la plaza, quieta, con su torre, su nido vacío de cigüeña, espera los rosarios, los salmos, las letanías.
Una de las casas se ha convertido en la Caja de Ahorros. Un cartel de color verde, grande, como de plástico duro, destruye la armonía del lugar con sus letras blancas de negocio. La puerta ya no es de madera sino de cristal transparente, con cámara de video, con seguridad. Han querido mantener la tradición de los helechos pero no lo han conseguido. Se les mueren.
Enfrente, al otro lado de la plaza, el bajo de otra de las casas es ahora un bar. Un bar de pueblo, pequeño, estrecho, como apenas se cabe dentro, el bar vive en el velador que ha colocado en la plaza, con sus sillas de metal y sus mesas de coca cola, sólo un par de ellas están ocupadas por viejos con boinas y bastón que juegan al tute..
Hay un único negocio más en las casas de las galerías, una frutería. Como el local es estrecho también, la fruta está siempre fuera, en cajas, en los mismos soportales, allí permanece expuesta durante todo el día, solo a la noche se recoge, se guarda bajo llave y duerme hasta el día siguiente.
El cigarro:
El director de la oficina bancaria, de la Caja de Ahorros, trabaja todas las tardes. El resto de los empleados se va. Él continúa un par de horas más. Siempre encuentra con qué entretenerse. Hay mucho con lo que entretenerse cuando hay internet gratis. Él conoce algunas páginas, algo fuertes, algo duras, como a él le gustan. A las siete menos cinco de la tarde, se levanta de su sillón, coge con una mano su paquete de cigarrillos y con la otra un mechero cualquiera de los que hay por puñados sobre su mesa. Se levanta y se asoma a la puerta para fumarse allí un cigarro mirando la plaza.
Es su momento y le gusta. Ya no lleva la americana del traje que descansa acomodada en una percha en su despacho. Tampoco lleva su corbata, su horario de atención al público terminó hace bastantes horas, puede salir a fumar su cigarro como le de la gana. Lo hace en pantalones y camisa con las mangas arremangadas.
Se apoya en una de las vigas de madera del pórtico de su oficina, cruza los pies ante si, le gusta esa postura, de pié, deja caer los hombros, fuma tranquilo, sin que nadie le perturbe con sus problemas. Mira la plaza. Mira el bar y a sus parroquianos, saluda a un par de ellos. Mira la frutería, vacía a esas horas de la tarde. Las siete marca el reloj de la Plaza.
El cigarro termina de consumirse en los dedos del director. Tira la colilla al suelo y la pisa. Al mirar para abajo, observa que sus helechos están amarillos, se apunta mentalmente tal hecho, ¿ por qué sus helechos enferman?.
Así que ya son las siete. Ya no hay cigarro pero no vuele todavía a la oficina. Está esperando a que pase la Rubia de la Bici.
Las manzanas:
El puesto de fruta está vacío. Nadie compra fruta por la tarde, ya ha terminado de anochecer. Esto es un pueblo y aquí existe la idea de que cuando cae la noche la gente de bien se vuelve a casa. El frutero mira sus cajas de fruta, lástima que no se hayan vendido los plátanos, no van a aguantar mucho más, los tomates son lustrosos, brillantes, son buenos, los puerros tienen demasiada tierra, piensa que debería prepararlos un poco para que resulten más atractivos aunque puede que a la gente le guste verlos así, como recién salidos de la huerta. El día no ha ido mal pero ha vendido pocas manzanas. ¿ Por qué?, están de temporada, son buenas. Eso piensa. Coge una y la huele para comprobar que efectivamente están buenas las manzanas. Al sacarla de la exposición, todo el contenido de la caja se desperdiga por la plaza. Maldice su suerte, tenía que ocurrir justo a esa hora. El reloj de la plaza marca ya las siete.
Entra en la tienda. Sentado en un banco hay un chiquillo que con cara impasible, quizá triste incluso, mira la punta de sus zapatos negros, viejos y rotos mientras se muerde las uñas con fruición. El frutero le acaricia la espalda con una suavidad escamosa. El chico se levanta como un resorte y se retira. Pregunta qué quiere. Que recojas las manzanas, se me han caído. Rodeando al frutero como si tuviera la peste y no se le pudiera rozar siquiera, el muchacho sale a la plaza y comienza a recoger manzanas.
Tras él chico, sale el frutero, lleva los dedos enganchados a la cinta de su delantal, mantiene en su cara una sonrisa socarrona, sigue con la vista al muchacho mientras recoge pero, por momentos, su atención se dispersa y sus ojos se le van contra su voluntad hacia la esquina. Son las siete, el frutero también está esperando que pase la Rubia de la bici.
El trapo:
El camarero y dueño del bar limpia las mesas del velador con un trapo mojado. Las mesas están colocadas en la plaza, no le dejan ponerlas dentro del pórtico para no dificultar el tránsito de las personas, eso le fastidia, en invierno o los días de mucho calor el pórtico es un sitio ideal para poner las mesas, a salvo de las lluvias o el sol, según toque. Pero no le dejan, así que tiene que aviarse con la plaza, el problema es que los pájaros, casi todos palomas, se paran en un cable de electricidad que cruza la plaza justo encima de su velador. Los pájaros se cagan en las mesas. Algunos incluso han llegado a cagarse en la cabeza de un cliente. Tiene que estar constantemente limpiando las mesas con el trapo. Malditos pájaros.
Los viejos juegan al tute en silencio, con movimientos aprendidos, quedos, sin mirarse entre ellos, con los ojos fijos en sus cartas, uno de ellos echa migas de pan a las palomas. El camarero lo ve, le entran ganas de echarlo de su bar por insensato pero no puede, es cliente habitual, de los que le compran comida para llevársela a su casa todos los dias, se deja una pasta allí. Secretamente desea que una de las palomas se le cague en la calva.
Vuelve dentro del bar. Enjuaga bien en trapo en el fregadero y lo escurre, mientras lo hace mira el calendario porno que tiene sobre el fregadero, la de la foto se parece a la puta que se tiró la noche antes, bueno, quizá no se parezca tanto, en realidad no se acuerda muy bien de cómo era la puta, estaba demasiado borracho, solo recuerda que se enfadó con él porque le pegó un poquito, fue poco, muy poco, si no lo hacía no se excitaba lo suficiente, tuvo que hacerlo. El camarero da carpetazo a sus pensamientos y vuelve a salir, aún le quedan mesas que limpiar. Levanta la vista hacia el reloj del campanario, van a dar las siete. Deja el trapo abandonado en una mesa, se queda al lado, como pensando. No está pensando, está esperando que pase la rubia de la bici.
Las campanas.
La Iglesia se ha movido. No. No exactamente. Lo que se ha movido es la gran puerta de madera de dos hojas. Alguien la ha abierto. El párroco. Atravesó la plaza, rozando con su sotana los adoquines, a paso ligero, en su mano derecha asía una gran llave de hierro, la de la puerta de la Iglesia, entra dentro, siente el frescor de la Santidad, el olor a viejo y a polvo, a cera y oración, se encamina a la pequeña sacristía haciendo resonar sus zapatos por el mármol silencioso, abre con otra llave de su llavero una pequeña puerta que pasa desapercibida, es la que sube al campanario, coge aire y se mentaliza para emprender la subida, la escalera es empinada e inestable, él ya no tiene edad, pronto tendrá que buscar a alguien que haga sonar las campanas por él. Se agarra a una baranda de hierro pintada de negro, se apoya fuerte y empieza a subir despacio, mira el reloj, llegará a tiempo, no tiene que correr y es una suerte porque él no puede correr ya. Entre escalón y escalón le da tiempo de rezar un ave maría, es rezo extra, le gustan los rezos extra, son meritorios. La Virgen lo agradecerá.
Piensa en sus campanas, sus viejas campanas, hace años quisieron fundirlas, él se opuso, decían que la torre tenía no se qué problema de estructura y que podía llegar a caerse, había que quitarle peso para asegurarla, sacar las campanas de allí. Él se negó en rotundo, sacó a la calle a sus viejas de manifestación, buscó a un arquitecto que hiciera un estudio de la estructura, dijo que no había problemas ni estructura ni de ningún tipo. Las campanas se quedaron en su sitio y desde aquel día son sus campanas. Tres. Una grande en medio, dos más pequeñas a los lados. Tienen nombre. La gorda, Valentina, las pequeñas, Enriqueta y Ana Isabel, de donde ha sacado esos nombres, solo el párroco lo sabe y, cuando se acuerda, una sonrisa un punto lasciva asoma a sus labios.
El cura llega a lo alto, se asoma a la plaza mientras espera a que pasen los dos últimos minutos que lo separan de las siete en punto, hora en que hará tañer a las campanas. Desde arriba todo se ve muy pequeño, es curioso y por eso se asoma pero luego, en cuanto saca la cabeza, empieza a sentir miedo, pánico a caerse, así que se aparta pero otra vez vuelven a entrarle ganas de mirar, se agarra firmemente con los dedos a la piedra porosa, los afianza al estilo de los escaladores y se asoma al abismo solo unos segunditos, luego mira el reloj, ya es la hora..
Suenan las campanas. Los de abajo levantan la cabeza hacia el campanario. Las campanas han entrado en movimiento, suben, suenan mientras se asoman a la plaza y bajan de nuevo. El sonido ahoga los oídos. Nadie habla abajo, todos cuentan en silencio hasta siete, aunque todos saben bien que son las siete, cuentan para acompañar a las campanas, cuentan porque no se puede hacer otra cosa cuando suenan, las voces se pierden, por eso nadie habla, por eso todos cuentan.
La rubia de la bici
Aparece por una de las calles que confluyen en la plaza. Pedalea lentamente, su bici es de estilo antiguo, de esas que usan en el norte de Europa, las ruedas son muy grandes, el manillar muy alto, es negra pero por algunos sitios también es color vainilla, lleva una gran cesta de mimbre delante y unas buenos faros encendidos, a esa hora ya es de noche. En la cesta lleva muchos libros, apenas caben, los ha intentado sujetar, sin mucho éxito con un pañuelo de cuello verde pistacho con lunares blancos, es un bonito pañuelo de algodón pero no es práctico, ya hay un libro, uno de pastas duras de color azul, que tiene toda la pinta de ir a caer al suelo en cualquier momento, puede que por eso vaya tan despacio.
Al entrar en la Plaza, para advertir de su presencia a otros posibles conductores, acaricia un pequeño timbre rojo que tiene enganchado al manillar. En respuesta al gesto, el timbre suena con timidez, suavito, como para no molestar. Los pedales se mueven despacio, empujados lentamente y armoniosamente por unas zapatillas de correr que ella calza siempre.
La rubia lleva el pelo muy corto. Le sienta bien. Es fino y lacio, dicen que es rubio ceniza, en realidad es un color desvaído y poco brillante al que llaman rubio porque no encaja ni en los morenos ni en los castaños. El flequillo corto y rebelde queda suspendido en el aire sobre su frente pequeña, tiene unas facciones bonitas, dulces, una piel clara, casi transparentes, acoge a unos labios de un rosa pálido, son finos y están constantemente atacados por unos dientes que los muerden sin descanso, sobre ellos, su nariz recta y corta y unos ojos que no son unos ojos cualquiera. Los ojos de la rubia son espectaculares, inesperados, casi imposibles de llevar en una cara tan tímida. Son turquesas, brillantes, enormes, sin fondo, parecen de mentira. Son unos ojos difíciles de sostener, apabullan, duele mirarlos y a ella le duele que los miren, percibe el azoramiento de la gente, la sorpresa, algunos son incapaces de aguantar la expresión de asombro y la miran abriendo mucho los ojos y la boca, la señalan, le preguntan, piropean sus ojos y ella se muere de vergüenza, por eso, casi siempre, anda mirado al suelo.
La rubia pedalea despacio, no parece tener prisa, su cuerpo grande y flojo se mueve como si le costara. Es alta, de hombros anchos y cintura estrecha, parece extranjera, puede que lo sea, como la bici. Sus brazos son delgados, sus manos grandes, de largos dedos, sostienen el manillar casi sin fuerza, puede parecer que con desgana pero no lo es, es solo el reflejo físico de su timidez, si alguien tuviera que estrechar en un saludo esa mano, la sentiría resbalar como la mantequilla.
Al llegar al centro de la plaza, gira para rodear el cajón de obra que protege la fuente, pasa muy cerca del ondulante aluminio, se da cuenta de que el panel que los obreros utilizan a modo de puerta está completamente abierto, debieron olvidar cerrarlo bien. El descuido puede costar el puesto a alguien, piensa, si llegara algún ladrón, desaparecerán todos los materiales de construcción y las herramientas. Se baja de la bici, la apoya contra el aluminio, ha decidido hacer una buena obra, encajar bien la puerta, dejarla lo más cerrada posible. Se acerca al panel, asoma la cabeza, ya que está allí quiere echar un vistazo a la restauración, pero está demasiado oscuro, no puede distinguir bien la fuente, sin embargo, ve algo que la sorprende, que la asusta, intenta volver sobre sus pasos pero una mano fuerte la agarra del brazo y tira de ella hacia dentro. La Rubia de la Bici no grita, es tímida, los tímidos no gritan aunque deberían. El panel se cierra tras la Rubia de la Bici.